Descripción
Según sus estatutos la asociación Libro-Fórum de Rivas tiene como objetivos:
· Promocionar la cultura, la lectura y el debate en Rivas.
· Promover la participación de la población del municipio.
Para llevar a cabo estos objetivos realiza las siguientes actividades:
a) Lectura de un libro al mes.
b) Comentario y debate sobre el libro leído.
c) Desplazamientos culturales.
d) Participación en actos culturales con las entidades ciudadanas del municipio de Rivas-Vaciamadrid y con la Concejalía de Cultura y de Participación de dicho municipio.
Comentario:
UN LIBRO AL MES HACE BIEN
Un nuevo mes y un libro más que comentar; esta vez el título leído es Peñas arriba de José María Pereda, escritor montañés, nacido en Polanco (Cantabria) en 1833 y muerto en 1906. Este es un libro que habla de la montaña, del patriarcalismo y de una comarca llamada Polaciones, hermoso valle surcado por el río Naza.
El autor trata en este libro de la historia de una sociedad tutelada por un patriarca llamado Don Celso, cuya hacienda sitúa en el pueblo de Tudanca, denominada en el libro ?Tablanca? en Polaciones.
Llegado a su vejez y viendo cercano el final de su existencia, don Celso necesita dejar su poder y su hacienda a un sobrino llamado Marcelo, afincado en Madrid y ajeno absolutamente a estas tierras norteñas y a esta su familia.
La acción de la novela comienza al recibir Marcelo carta de su tío donde le pone al corriente de la situación. Aquél emprende viaje desde Madrid a Reinosa. Desde esta ciudad a Tudanca hace el recorrido a lomos de caballo. La acción se sitúa hacia 1870. En esta primera experiencia Marcelo ya ve que la montaña es dura pero grandiosa, atraviesa puertos y veredas, incluso con la presencia del oso.
Las altas montañas, las grandes nevadas, el siempre duro invierno y el compromiso social que debe contraer le asustan en un principio. Al no saber nada del lugar, el adaptarse le parece tarea muy dura y difícil.
A medida que transcurre el tiempo en aquellos valles, Marcelo va descubriendo una nueva forma de vivir, se encuentra con una sociedad rural donde su tío, don Celso, el más fiel representante del patriarcalismo, es muy respetado por todos. Aquél tendrá, en breve, que sustituir a éste en sus funciones.
A medida que pasa el tiempo Marcelo va conociendo a personajes que le van introduciendo en la vida del pueblo: don Sabas, el cura de Tudanca, enamorado el latín y de la montaña y que le descubrirá en excursiones montañesas el encanto de las cumbres; Neluco, el médico que le hace ver que, incluso, en los pueblos más remotos existe gente hidalga digna de conocer y tratar; el criado Chisco, de amable presencia, y su amigo Pito Salces que le enseñarán a cazar el osos; las dos criadas de la casa Facia y Tona; la familia de don Pedro Nolasco, con cuya nieta Lita se casará Marcelo. Todos ellos le van haciendo ver que la montaña y sus gentes, cuando se las conoce, se meten en el alma formando parte de uno mismo. Este sentimiento es el que llevará a nuestro protagonista a volver a Polaciones para quedarse definitivamente, a la muerte de don Celso.
El Libro-Fórum de Rivas, en su deseo de profundizar en el ambiente montañés de la novela, organizó una excursión a los lugares donde José María Pereda sitúa la acción. Vivimos y conocimos los Picos de Europa, Tudanca en Polaciones; visitamos la casona donde el autor se inspiró par hacerla vivienda de don Celso y después de Marcelo. Recorrimos la Hermida, saboreando una selección de quesos de la zona en una comida campestre en la cima del puerto; echamos una ojeada al mar. Vivimos unas jornadas de camaradería en esa hermosa tierra que es la Montaña.
Las lecturas que comentaremos en los próximos meses serán: Irene Nemirovsky: Suite francesa, 13 de junio y, Doris Lessing: Cuaderno dorado, en septiembre. Os esperamos.
Próxima lectura: Junio
Crítica del libro que comentaremos en el mes de junio en elpais.com
"Suite francesa" de Irène Némirovsky
CRÍTICA: EL LIBRO DE LA SEMANA
Observación de la guerra
FRANCISCO SOLANO
http://www.elpais.com/articulo/20051105elpbabese_10/Tes/elpbabsem/
Algunas obras póstumas, si su jerarquía artística no admite dudas, demandan una recepción más delicada y generosa. No una mayor benevolencia crítica, sino un proceder semejante a la reparación de un agravio. Sobre todo si la obra quedó inconclusa a causa de una ley de infame redacción, cuya aplicación suponía para los judíos la deportación y la muerte. Hija de una rica familia de judíos asimilados, Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) huyó con sus padres de Rusia tras la revolución; se estableció en París y en Francia adquirió, a partir de 1929, un enorme prestigio de escritora con su narración David Golder (Grijalbo, 1987), que fue llevada al cine, y al año siguiente con El baile (Aleph, 1994). Convertida al cristianismo, nunca se le concedió la ciudadanía francesa; en 1942 fue detenida y conducida a Auschwitz. En un cuaderno de notas había escrito: "¡Dios mío! ¿Qué me hace este país? Ya que me rechaza, considerémoslo fríamente, observémoslo mientras pierde el honor y la vida". Ese proyecto de inspección se concretó en una ambiciosa obra, esta Suite francesa que sus hijas, de ocho y trece años, al final de la guerra, lograron preservar en una maleta mientras se escondían de los gendarmes, que también habían detenido a su padre y sufrió igual destino que su mujer.
Suite francesa viene, pues, nimbada de impronta trágica y así es probable que su sensacional recuperación, al cabo de tantos años, parezca más categórica, por su sugerencia sentimental, que la calidad de la propia novela. Sin embargo, la magnitud de las partes concluidas que nos han llegado, arrancadas de un vasto proyecto en la línea de Guerra y paz, y el aliento panorámico, que rebasa la narración, poseen tan admirable intensidad que, aunque es forzoso deplorar su mutilación de lo que hubiera sido la creación ideada por Irène Némirovsky, el texto se nos aparece, no obstante, con perfección suficiente y a esa culminación debemos atenernos.
La novela se escribió al pie de los acontecimientos, mientras se producían, y anticipan algunos aspectos del horror desatado por la guerra, como la brutalidad de los jóvenes franceses con sus maestros, que no serían de público conocimiento hasta muy avanzado el siglo. Dividida en dos partes, aunque Irène Némirovsky concibió cinco para un volumen de más de mil páginas, la primera narra, a través de un mosaico de personajes de distinta clase social, la derrota de Francia ante Alemania y el caótico éxodo de los parisienses por las carreteras, bajo las bombas, en busca de una zona de refugio; la segunda se centra en la permanencia de las tropas alemanas en Bussy, un pequeño pueblo que se convierte en microcosmos de la crispada convivencia entre alemanes y franceses. La autora evita, en todo momento, caer en la crónica, y dota a su narración de un ritmo cinematográfico que salta de un personaje a otro, enfocándoles en una red de fatalidad tejida por la convulsión de la época que les ha tocado vivir. No le interesa reflejar los grandes hechos históricos. Escribe en sus notas que "sólo hay que rozarlos, mientras se profundiza en la vida cotidiana y afectiva y, sobre todo, en la comedia que eso ofrece".
Comedia, en efecto, en el sentido de Dante y Balzac. Némirovsky registra con portentosa serenidad, sin consentirse ninguna flaqueza sentimental, la perturbación de hombres y mujeres zarandeados por la guerra: la angustia que se vuelve mezquindad, la exaltación inútil, la vileza de la fama, el atolondramiento, la hostilidad, el hambre, las cobardías; y al lado, en menor medida, la abnegación, los brotes de ternura, el amparo de la dignidad. Aristócratas, burgueses, apoderados de banco, coleccionistas de arte, prostitutas de lujo, obreros, escritores de éxito, campesinos, a todos alcanza la guerra, y la autora registra su comportamiento, que expone con una mirada ausente de juicio, pero también a modo de advertencia, confiando en que esa tormenta de acero sea un paréntesis, una atroz pesadilla menos duradera, por fortuna, que la vida de los hombres. Némirovsky compuso su novela para que pueda "interesar a la gente de 1952 o 2052". No se equivocó. Laboriosa y lúcida, fundó su esperanza en un tiempo de paz que ella no llegaría a conocer: "La suerte es que, por lo general, el tiempo que nos ha sido concedido es más largo que el concedido a la crisis".